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Para mi este proceso de la llamada Pandemia del COVID, ha tenido varias etapas y en cada una de ellas ha habido lo que para mi son aprendizajes o por lo menos invitaciones a cambios posibles a nivel personal, pero también a nivel de la sociedad o incluso de la comunidad humana...si es que se puede hablar de ella.

PRIMERA ETAPA:  Abril-Junio 2020

Para mi este primer momento de la pandemia en el continente americano fue un “parón en seco” es decir con un par de semanas de diferencia, dependiendo del tipo de actividad que cada quien realizara, la sociedad en la que yo me encuentro tomó la decisión de cancelar los contactos interpersonales no indispensables y las salidas a la calle que no fueran de absoluta necesidad.  Ver a mi ciudad (Ciudad de México) que es una de las más movidas y ruidosas del mundo entrar en un silencio casi total, en lo que yo percibí como casi  inmovilidad, me dio una sensación de que eso que estaba sucediendo era algo que iba mucho más allá de mi propia situación personal, que fue quedarme repentinamente sin ingresos de ningún tipo.

Y al ver en las redes sociales muchísimos videos de otras capitales del mundo vacías y silenciosas, lo sentí como que era un tema social, de toda la humanidad, que no se restringía a mi o a mi propio grupo, sino que iba mucho más allá de eso. 

Independientemente de la veracidad de los videos y fotografías que circularon, mi vivencia fue “planetaria” y por lo tanto mis preguntas  iban en ese sentido: ¿qué nos está diciendo la vida? ¿Qué nos está pidiendo una realidad que va mucho más allá de los individuos, o incluso de los países?

En ese contexto, al ver reacciones que parecían ser generales y comunes a países, culturas y contextos muy diversos, tuve en ese momento la sensación de que, como humanidad, como especie en este planeta, si es viable que actuemos en conjunción o por lo menos MUCHO MÁS COORDINADAMENTE que lo que solemos hacer, por ejemplo respecto a temas de ecología, narcotráfico y otros temas “globales”.

SEGUNDA ETAPA: Julio-Septiembre, 2020 

En ese segundo momento ya me había quedado claro (a mi y a muchas de las personas con las que estuve en contacto durante esos primeros meses) que no era una situación que fuera a pasar rápidamente, que no íbamos a regresar a la vida “normal” en un par de semanas y que era el momento de incluso cuestionarnos si esa “vida normal” a la que muchos querían regresar era realmente deseable.

Para mi incluyó cuestionarme desde mi forma de trabajar, la cantidad de horas al día que solía dedicar al trabajo y también muchas de mis relaciones interpersonales.  Me invitó a cambiar o por lo menos cuestionar  mis prioridades en cuanto a relaciones humanas ¿Cuántas horas les dedico al día a mis pacientes? ¿Cuántas horas dedico a mis familiares y amistades verdaderamente cercanas? ¿Qué actividades ocupan más tiempo en mi vida del que realmente quiero que ocupen?

Mientras estaba en este cuestionamiento personal, que tenía una profunda carga emocional, veía que a mi alrededor mi grupo social se empezaba a polarizar, se empezaba a dividir en un sutil, pero muy real, “ellos y nosotros” que tenía que ver con las opiniones que existían respecto al origen de la enfermedad o incluso respecto a si realmente existía tal enfermedad o si era resultado de un pánico colectivo y de la manipulación de las redes sociales.

No me quiero meter en ese asunto, cuya complejidad me rebasa, simplemente en mis notas personales de ese momento veo cómo se destaca esa  observación: el surgimiento de la división y el encono, más o menos bien manejado a niveles personales, dependiendo de la cercanía emocional de quienes estaban en desacuerdo.

Así que, en términos de aprendizajes respecto a lo que la vida me pone enfrente, mi intención se dirigió hacia construir puentes, escuchar con más cuidado lo que quienes están en descuerdo conmigo comentan y realmente intentar escuchar desde el corazón.

Al mismo tiempo me resultó muy interesante ver que, paralelamente a esta polarización, surgieron opciones de contacto y unidad planetaria que tenían que ver con el uso generalizado de los medios de comunicación electrónica y las nuevas plataformas de clases, que nos  permitieron (a mi y a muchos otros)  hacer cambios radicales en la forma de trabajar y de estar en contacto con personas que estaban lejos físicamente.

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TERCERA ETAPA: Octubre-Diciembre 2020

Para este momento el encierro no era ya tan radical, por lo menos en mi ciudad, pero el uso de mascarillas, guantes, desinfectantes y demás medidas de salubridad socialmente impuestas en mi medio, eran ya algo aceptado por  la mayoría de las personas con las que tengo contacto cotidiano, aunque también aquí pude observar la polarización en la que para muchos grupos esas medidas se empezaron a vivir como formas de control social/dictatorial impuestas de manera acrítica y poco reflexiva. 

Como persona formada en la historia, en estos meses no pude dejar de pensar en cómo el miedo ha permitido a muchas dictaduras del pasado imponer formas de control social que limitan enormemente las libertades y garantías humanas fundamentales, con el pretexto de ofrecer  protección  respecto a una amenaza determinada.

Al mismo tiempo, reconozco que en cada una de las muchas epidemias que la humanidad ha vivido desde que se tiene un registro compartido, los seres humanos hemos tenido que incorporar cambios que generalmente tienen que ver con aceptar nuevas medidas de higiene, que no siempre han sido adoptadas voluntariamente por muchos de los grupos que integran a las diferentes sociedades, porque les implican cambios y limitaciones en sus usos y costumbres tradicionales.

Ya para finales del 2021, como integrante de la especie humana me estaba preguntado una y otra vez qué tanto esta pandemia nos estaba haciendo ver que la forma en la que estamos viviendo cada vez más concentrados en espacios urbanos, alejados de la producción local de alimentos y desconectados de los ritmos biológicos naturales, no es la forma más sana de vivir para nuestra especie y mucho menos para las muchas especies a las que hemos sacrificado para poder seguir viviendo a nuestra manera.

Personalmente, con la relativa “normalización” de las medidas sanitarias y con un encierro menos radical,  entre octubre y diciembre de 2020, el proceso que yo viví tuvo mucho más que ver con las secuelas, con el hecho de que hubo personas conocidas que simplemente no sobrevivieron a la enfermedad, o que quedaron con secuelas complejas y diversas, de las que se sabía poco o nada respecto a sus tratamientos.

También vi que, por lo menos en México, las decisiones tomadas tuvieron consecuencias mucho más complejas que las que se buscaba al tomarlas (es decir “contener la diseminación del virus”).  El encierro obligado empezó a mostrar efectos a niveles emocionales mucho más evidentes. Personalmente empecé a recibir solicitudes de personas que querían entrar en proceso psicoterapéutico por ataques de ansiedad, ataques de pánico, depresión, comer compulsivo e incluso porque personas cercanas habían cometido suicidio.

En este contexto no podría yo dejar de mencionar lo que pude observar en bebés e infantes que han vivido más de un año rodeados de los mismos adultos, con mucha frecuencia tapados con mascarillas, alejados del contacto físico y con espacios para el movimiento físico radicalmente restringidos. Niños que están teniendo menor desarrollo de motricidad gruesa, que cuando un adulto se les acerca tienen reacciones de miedo o alerta, que se ponen a llorar si se les cae la mascarilla, etc.

Mi reflexión al respecto es que, como sociedad nos tendremos que enfrentar a las consecuencias no previstas que seguramente tendrá en el desarrollo psicoemocional de este grupo de niños el hecho de haber vivido durante los primeros años de su vida con limitaciones radicales para salir,  para ser tocados  y abrazados legítimamente por las personas adultas de su grupo familiar directo, pero que no vivían bajo su mismo techo.  No puedo dejar de preguntarme qué le pasa a un cerebro en formación cuando la percepción de las expresiones faciales está limitada a la mitad de los rostros, sin poder familiarizarse con los movimientos faciales que comunican una enorme cantidad de matices de estados de ánimo en el rostro humano. No tengo ni los conocimientos ni la información necesaria, pero si me queda la duda en términos de neuronas espejo y sistema límbico.

Ni qué mencionar los efectos económicos para enorme cantidad de pequeños negocios que cerraron sus puertas por no poder sostenerse o el drama de personas que perdieron sus empleos o vieron sus ingresos disminuidos significativamente y el efecto dominó que esto provocó en las dinámicas familiares de por sí alteradas por la convivencia forzada durante las 24 horas del día.

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CUARTA ETAPA: 2021 

Desde finales del 2020, pero a todo lo largo del 2021, lo que yo he percibido es que la creación de las diversas vacunas y la autorización de su uso masivo por parte de la Organización Mundial de la Salud le ha dado a un inmenso grupo de personas alrededor de todo el mundo la sensación de que “ya vamos de salida”.  Independientemente de las voces disidentes que no han sido publicitadas en los medios de difusión masiva ni en las redes sociales más populares, lo que yo he percibido en el mundo en el que me muevo es una aceptación de que esa es la verdadera salida, de que realmente nos encontramos ya en vías de regresar a la “normalidad”, teniendo que aceptar que esa nueva normalidad va a incorporar mayores medidas de higiene en muchos espacios públicos.

Me gustaría poder decir que veo en nuestra sociedad una enorme cantidad de aprendizajes, que desde mi perspectiva tendrían que ver con:

  • incorporar formas de vida más respetuosas con los habitats de otras especies con las que compartimos el planeta, 
  • recuperar estilos de vida más cercanos a la naturaleza, a la tierra y a los biorritmos naturales de nuestra especie
  • desarrollar formas de convivencia más profunda con las personas de nuestra cotidianidad
  • aprender a manejar de manera más respetuosa las diferencias en opiniones y puntos de vista
  • recuperar la convivencia social, más hacia la tribu y menos hacia la familia nuclear restringida.

Sin embargo estoy llena de esperanza porque, en pequeños grupos he oído cosas como “Desde la pandemia hemos aprendido a quedarnos en casa y a divertirnos como familia juntos”  o “Durante el encierro aprendí a meditar” o “aproveché el tiempo para iniciar mi huerto doméstico en la terraza”. Tal vez desde una perspectiva global los cambios para mejor no sean evidentes, pero como experiencia individual si ha habido aprendizajes y cambios para muchas personas.

Estas reflexiones son el resultado de un proceso personal que he tratado de poner en términos de cuestionamientos y reflexiones que puedan ser  compartidas y que no se limiten a un “pensar en voz alta” mis propios temas.  Es decir traté de ponerlas  en términos de lo que observé en otras muchas personas y no sólo en mi, pero no pretendo tener el  rigor del análisis de un documento académico.


Margarita Soberón es la Fundadora y Directora de Upledger Institute México.

Lea la biografía de su colaborador para conocer más sobre Margarita Soberón